Se reserva El Rocío el privilegio de albergar uno de los observatorios más privilegiados de Doñana en la Costa de la Luz, pero ante todo el Rocío es la “Blanca Paloma”.
Ni tierra ni agua, la marisma siempre ha despertado los sentimientos más místicos del ser humano, en medio de esta “ninguna parte” aparece El Rocío. Cuenta la tradición que por allá por el siglo XV un cazador de Villamanrique, conocido por Gregorio, buscando su sustento en el arroyo de Las Rocinas encontró escondida en el hueco del tronco de un árbol centenario una imagen, de no más de una vara, con una leyenda grabada: “María de los Remedios me llamo”.
Conocida la noticia en Almonte todo el pueblo se apresuró a trasladar el Sagrado Simulacro a la localidad, cuestión que como es lógico no agradó a los vecinos de Villamanrique. En limpia disputa la competencia quedó equilibrada, interpretándose que la Virgen había decidido permanecer allí dónde la encontraron, en el límite del arroyo de las Rocinas, en el Rocío.
No obstante existen indicios suficientes que nos llevan a entender que ya en el siglo XIII carboneros, cazadores y ganaderos de la zona visitaban una antigua ermita en este mismo lugar. Sea como fuere el Rocío comenzó a latir como el corazón mariano de Andalucía occidental.
La arquitectura blanca de su Ermita abraza cada año por Pentecostés, invitados por Almonte, a más de un millón de romeros que se congregan en estos días entorno a la Reina de las Marismas. Reunidos en más de cien Hermandades, todas hermanas filiales de la Hermandad Matriz de Almonte.
Por los caminos de Doñana desde Cádiz, por los Llanos desde el Condado, por el Abolí desde Sevilla o mirando a la cara de la Blanca Paloma, por el camino de Moguer desde poniente, cientos de miles acuden por Pentecostés ante la Madre de los almonteños, Madre ya de todos los peregrinos.
Devoción, hermandad, fiesta, muchos hemos intentado definir El Rocío y muchos nos hemos equivocado, pero si no se puede explicar el contenido sí trazar sus límites, los de la aldea almonteña, y su centro, la Reina de las Marismas, entre límite y centro lo diverso, tanto como la propia condición humana.
El rito de Pentecostés no cierra el ciclo devocional en el Rocío. Desde comienzos del año las distintas hermandades se ordenan semanalmente para su propia peregrinación.
Tan bien el dieciocho de agosto, el Rocío Chico, Almonte cumple con la promesa de agradecimiento a su Madre que mantiene desde principios del XIX, momentos en los que el pueblo invocó la protección de la Virgen del ataque de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia.
Y cada siete años el traslado a Almonte. La Virgen regalará a sus hijos una visita de nueve meses que nos hará a todos reflexionar “Cuando pasen siete años // quien te volverá a ti a ver // Pastora de tu rebaño // rompiendo al amanecer”
Textos y material gráfico cedidos por cortesía del Patronato Provincial de Turismo de Huelva